UN LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO DEL PUEBLO DE DIOS

Reflexiones acerca del Libro de Amós
Quiero compartirles lo que El Señor me llevó a leer, meditar y reflexionar durante estos días y tiene que ver con la Palabra, con las visiones que Dios le dio y le mostró al profeta Amós. Es interesante leer este libro dado que Amós, cuyo nombre significa “alguien que soporta la carga o el cargador” es sorprendido por Dios al recibir el llamado para profetizar al pueblo de Israel. Y sus palabras no son para nada agradables ni lisonjeras…al contrario, son duras, sin retaceos y contienen el juicio que hace Dios respecto a su pueblo. El no viene con vueltas ni le dora la píldora a nadie.
Podríamos comparar los tiempos actuales con los del mundo de aquellos días, donde predominaba el hedonismo, la idolatría, las practicas paganas que se habían infiltrado en todos los estratos de la sociedad y también en medio del pueblo de Dios y que además suma otra característica, darle la espalda a Dios, todo esto sucede en medio de una prosperidad económica sorprendente…pero envuelta de mucha corrupción, de un gran desprecio por la vida, con opresión, con pobreza e inmoralidad. Contra de esa sociedad y contra ese modelo de vida, Dios levanta una voz profética y usa como mensajero a un simple granjero, a un pastor, a un hombre de Dios llamado Amós, que aunque uno puede pensar que se le quiebra la voz, él no dejo de anunciar lo que Dios le dijo que dijera.
Habiéndose criado Amos cerca del desierto y de Jerusalén, vivió todo esto en una edad de oro caracterizada por la prosperidad de Israel, pero al mismo tiempo había un descuido, un desprecio por las cosas del Señor. Tecoa era la ciudad donde Amós vivía y estaba situada en una región de escasa vegetación; Él era pastor de ovejas y ellas eran muy apreciadas por la lana muy fina que producían. Cuidaba también las higueras que crecían silvestres en esa comarca, las cuales eran parte del alimento diario de los pobres. Su casa estaba en Judá, pero su llamamiento fue para ir a profetizar en Israel, a Betel que era donde estaba el santuario más importante. Sus profecías las dio en los días de Uzías rey de Judá y Jeroboam II rey de Israel cuando transcurría el año 760 A.C.
En el capítulo 7 de Amós encontramos la descripción de una de las visiones que le fueron dadas al profeta por Dios, se habla allí de una plomada de albañil, un elemento utilizado por los que construyen casas, es la forma mediante la cual se determina si un edificio ha sido construido de la manera correcta en posición vertical o de lo contrario corre el riesgo de derrumbe. Es así también como Dios colocó una plomada en medio de su pueblo Israel. Él, como Maestro mayor de obra estuvo al lado del muro de Jerusalén con la plomada en la mano. Dice en Isaías 28:17 “pondré como nivel la justicia, y la rectitud como plomada”, vemos que la plomada que Dios utilizó en esa ocasión fue la justicia y la rectitud, y aún usa ese mismo nivel y esa misma plomada en nuestros días para juzgar los niveles espirituales y las acciones de sus hijos: es así como el juicio también debía venir sobre Israel por no estar suficientemente de acuerdo con la línea de la plomada que es la Palabra de Dios. Jehová es un Dios de justicia, y toda adoración que no fuera sincera se convierte en ofensa hacia Él. También debía haber justicia del hombre con el hombre, pues los requisitos de Dios siempre tocan el todo del hombre, y éstos son siempre de orden moral.
“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:17).
El hecho de que su pueblo había llegado a estar bajo un pacto con Dios lo hacía más responsable; de modo que el juicio habría de venir. ¡Qué terrible será para una persona, una sociedad o una nación llegar al momento de no querer volverse a Dios, y tan sólo esperar las consecuencias que nos demuestran esta lección de la plomada!
Amós reveló claramente en una serie de cinco visiones el pecado de Israel y el juicio que estaba por acontecer: Las langostas devoradoras (7:1-3); el fuego consumidor (7:4-6), la plomada (7:7-11); la canasta de frutas muy maduras (cap. 8); y el Señor en el altar (9:1-10). Es así como se presentó la figura del juicio delante de aquellos que escuchaban a este predicador de justicia.
¿Y sería esto todo? ¡No! Porque también les fue revelada la misericordia de Dios: que así como Dios habría de traerles juicio, también les ofrecía misericordia para que escaparan pero siempre como resultado del arrepentimiento.
El muro torcido de Jerusalén no podía permanecer en pie al pasarle la prueba de la verdad. La ley siempre era buena, y al mismo tiempo tenía misericordia en la promesa de que al fin habría un retorno a Dios. Ellos pensaban que por ser el pueblo de Dios no serían castigados. Pero, si se hace caso omiso de una advertencia, no se pueden esperar otras cosas más que las consecuencias de esa omisión.
Los lugares altos llegaron a ser santuarios donde se adoraban deidades paganas que Dios había dicho con claridad que no debían ser adoradas. El Señor era muchas veces adorado tal como los paganos lo hacían a los ídolos cananeos. Al poner la plomada, la destrucción subsiguiente vendría a terminar con los santuarios.
Así también el rey y su familia tendrían que participar de esa condenación por ser el responsable de tal descenso moral y religioso. La destrucción se llevaría a cabo por medio de un poder extranjero, el de Asiria. Samaria, la capital de Israel fue derrotada en el año 722 a. C.
Vemos como un hombre desconocido, un simple pastor de ovejas, pero un valiente predicador, fue el que se enfrentó con el sacerdote de Betel, que era el representante de la religión de Israel en esa época.
Amós tuvo que afrontar muchas falsedades, amenazas y varias situaciones de conflicto, pero a pesar de todo, lo enfrentó con gran valentía. Él conocía a Dios y el oír Su voz era más importante que su propia seguridad personal.
Que Dios nos permita a nosotros también ser como lo fue Amós . ¿Era real y veraz que Amós estaba conspirando en contra del rey? ¡No! Su voz fue de uno que vigila la integridad de la Palabra de Dios y de las vidas de los hombres. Así como los discípulos en los primeros días de la Iglesia primitiva, él no se preocupaba por su propia vida, sino que sabía que era mejor declarar todo el consejo de Dios. Amós no dijo que Jeroboam iba a morir a espada, pero si predijo la cautividad para toda la casa del Rey, y en una generación de la cual sería toda la nación quien iría a ser llevada cautiva (Amós 5:27; 6:7).
Es probable que el sacerdote Amasías usó la palabra “vidente “de manera despectiva. Pero su verdadero propósito era acusar a Amós de ser un asalariado, pues sus palabras fueron: “Vete, huye a tierra de Judá, y come allá tu pan, y profetiza allá”.
Claramente le estaba diciendo que era mejor que se fuera a otra parte y así acallar la voz de Dios. Pero Amós no era un asalariado, ni tampoco era un profeta de profesión, sino que estando dedicado a sus actividades comunes, Dios lo envió a profetizar. Tan pronto como él comenzó a proclamar todos los pecados de Israel, ellos se enojaron y endurecieron sus corazones, después de haber convertido a Betel en santuario del rey y no de Jehová. Pero la condenación próxima del sacerdote fue declarada sin ningún temor (7:17): que él moriría en tierra extranjera, que a su esposa la convertirían forzosamente en una prostituta, que sus hijos también morirían en tierras extrañas y que los israelitas serían una vez más llevados al cautiverio.
Amós defendió claramente su llamamiento por parte de Dios, no como un miembro de la escuela de los profetas, sino como uno que vivía como un simple habitante de este planeta y anhelaba de toda forma agradar al Señor. Y así vio la mano de Dios que lo llamaba a proclamar en contra de todos los pecados de Israel. Él estaba ocupado en sus actividades diarias cuando Dios le ordenó que fuera. Sólo había una razón para que Amós profetizara en Israel (a pesar de ser de Judea): Que lo había llamado. Y los eventos que siguieron a su ministerio lo confirmaron, porque conforme el Señor habló por su medio cada palabra fue cumplida.
Dios necesita quienes proclamen Su justicia en nuestros días.
¿Dónde están? No son muchos entendidos, ni muchos poderosos, ni muchos nobles los que han sido llamados (I Corintios 1:26).
Dios puede obrar mediante una vida consagrada y dedicada, si ésta se ha abandonado completamente en Sus manos y Voluntad. Dios puede usar a una persona que esté dispuesta a seguir todos los pasos de preparación (espiritual, intelectual y física) necesarios para hacer su voluntad. No es la capacidad humana la que se cuenta en primer lugar, sino la obra y llamamiento que el Espíritu Santo ha efectuado en nuestros corazones.
Este mismo llamado Dios lo está haciendo con nosotros, la plomada de Dios está siendo aplicada a nuestra vida y a la Iglesia… ¿Cómo estamos edificando la casa del Señor? ¿Cómo estoy edificando mi casa que es templo del Espíritu Santo? Por eso es tiempo de arrepentimiento y restauración… es tiempo de caminar en el temor de Dios e interceder a favor del pueblo antes que el juicio de Dios venga sobre nuestras vidas.
Dios te bendiga durante esta semana
Adriana y Manolo Jurczuk

No hay comentarios aún... ¡Se el primero en dejar una respuesta!

Dejar un Comentario