¿CRISTO ES ABURRIDO O HEMOS PERDIDO EL SABOR EN NUESTRA RELACIÓN CON ÉL?

Después de leer las palabras del Papa Benedicto XVI mientras oficiaba la misa crismal del pasado Jueves Santo publicadas en todos los diarios del mundo, me llevaron a pensar en algo que le puede ocurrir a cualquier persona que desarrolla una tarea, un trabajo, una función, cuando al descuidar su relación con esa tarea pierde el interés por la misma y al perder la motivación, corre el riesgo de ingresar en una vida de rutina y aburrimiento.
El Papa se pregunta: “¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y aburridos de su propia historia y cultura, que ya no quieren conocer la fe en Jesucristo?”
El diccionario define como aburrido/a a toda persona que está cansada o molesta por la falta de diversión o de interés, que vive una vida tediosa, donde le es pesado todo lo que está haciendo. El aburrimiento es un estado de ánimo, que surge como vemos, de una pérdida del interés para realizar las actividades o tareas cotidianas. Este cansancio o fastidio es causado generalmente por disgustos o molestias. Se le suele llamar también hastío. Es lo contrario de diversión o de entretenimiento. Surge por causas externas (confinamiento solitario, privación sensorial, falta de estímulos, trabajo monótono) o por causas internas.
Continua diciendo el Papa: “¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a Su encuentro? ¿Anhelamos Su cercanía, ese ser uno con Él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?”.
En la Palabra de Dios, encontramos una respuesta a esas preguntas. Jesús estando en una ocasión con sus discípulos hablando del afán y de la vida, de dejar las preocupaciones a un lado e invertir en el Banco de los Cielos que siempre te da buena rentabilidad… terminó diciéndoles: – “porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc. 12:34) o sea, lo que para mí es central o primordial, y tiene mucho valor, es ahí donde yo pondré toda mi fuerza, mi empeño y mi pasión. Lo que el Papa Benedicto XVI llama a la reflexión es algo que durante toda la vida de la Iglesia, desde su fundación, se remarcó en la diferenciación entre los seguidores de Jesús. Se es un creyente, o se es un discípulo.
¿Cuál es la diferencia entre uno y otro?
Jesús llevó a cabo todo su ministerio a través de discípulos y no a través de creyentes o simpatizantes. Con sus discípulos, ministró a creyentes y a no creyentes. Y cuando Él ascendió a los cielos, entregó un mandato a sus discípulos, (no a los creyentes que no habían entrado en el discipulado) “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” (Mateo 28:19)
Los creyentes o simpatizantes se caracterizan por no tener autoridad para enseñar y demandar obediencia, porque ellos mismos, no obedecen las Palabras de Jesús quién hizo toda Su obra en la tierra con y por medio de discípulos, y les encomendó hacerla hasta el fin de los tiempos.
¿Cuál es entonces el proceso de metamorfosis de un simpatizante o creyente en discípulo?
Se inicia de esta manera:
A.- Comienza confesando sus pecados, arrepintiéndose y recibiendo a Jesús en el corazón. Eso es “nacer de nuevo.” Nacer a una nueva vida con Jesús (Juan 3:3,5)
B.- Luego debe darse cuenta de su situación de pobreza espiritual y decidir buscar a Dios con toda la pasión. Jesús dijo:- “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…” por lo tanto, es saber, que sin Él no somos nada ni podemos hacer nada. (Mateo. 5:6; Juan 15:5)
Si yo estoy conforme con mi situación espiritual “cuasi religiosa”, entonces, lo primero que me va a pasar es que mi oración no tendrá poder, tampoco buscaré la santidad, ni tendré amor por el prójimo ni por mí mismo. Los creyentes “conformes y satisfechos” no cumplen con la tarea que Jesús mandó hacer, y obviamente, tampoco poseen el recurso del Espíritu Santo, ni se alimentan adecuadamente, porque no tienen hambre, ni sed de Dios. Están tan arraigados en sus hábitos y prácticas religiosas que no les interesa modificarlas y por ende tampoco reaccionan ni dan señales de vida porque espiritualmente están muertos.
La iglesia de Jesucristo en Jerusalén y en toda la región se caracterizaba por un fuerte deseo de conocer cada día más y más de Dios, tenían hambre por Él. Esto producía en ellos una constante búsqueda de la excelencia, lo mejor, anhelando cada vez más santidad y temor de Dios perseverando en el Camino sin dudar en lo más mínimo y pasando por alto cualquier costo que implicaba esa decisión.
El discipulado, consiste por lo tanto, en una decisión categórica y firme de la voluntad que surge de un anhelo profundo de agradar a Dios con todo el corazón, que entiende que no hay algo más importante en el mundo que hacer la Voluntad de Dios. Esto lleva a ese discípulo a negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día para seguir a Jesús con gozo (Marcos 8:34) Los primeros cristianos vivieron juntos en compañerismo, compartiendo el pan y las oraciones, habiendo también decidido despojarse de todas sus posesiones. (Hechos 2:44,45).
Ser discípulo es andar y permanecer en los caminos del Señor en fidelidad con mucho fervor y entusiasmo, siguiendo al Maestro, obedeciéndole en todo; implica someter los planes y deseos personales (Jn.15:5.6).
Viviendo la vida de esta manera, con Jesús en el corazón, no hay tiempo para “aburrirse” porque uno se encuentra caminando en el Propósito de Dios y lleno de Su Presencia quién derrama en cada uno Su fuego y Pasión.
Dios te bendiga
Pastor Manolo Jurczuk

No hay comentarios aún... ¡Se el primero en dejar una respuesta!

Dejar un Comentario